La
historia de Edgar Cayce abunda en ejemplos de percepción extrasensorial
y de fenómenos psíquicos. La aptitud que él tenía de efectuar
lecturas se califica de percepción extrasensorial, pues le permitía
conocer nociones y hechos que nunca había estudiado, o ver gente,
lugares y sucesos que no se encontraban en su campo visual normal.
En trance, Cayce podía disertar sobre cualquier materia, contestar
cualquier pregunta, describir cualquier escena, y hablar de todo
lo que concernía a una persona: su salud, sus emociones, sus cualidades,
su entorno, su vida actual, sus encarnaciones pasadas.
Debido
a que hay varios tipos de facultades paranormales y muchas formas
de expresar esa comunicación fuera del ámbito de los sentidos
físicos, los especialistas han dividido la 'percepción extrasensorial'
en diversas categorías, con el propósito de definir mejor los
fenómenos involucrados.
De
manera general, la percepción extrasensorial se refiere a la capacidad
de recibir o de enviar información por medios ajenos a los cinco
sentidos. En otras palabras, se trata de la posibilidad de entrar
en contacto con alguien o algo sin que intervengan la vista, el
oído, el tacto, el olfato ni el gusto. Según las lecturas de Edgar
Cayce, es un atributo que todos podemos cultivar y utilizar, porque
existe, latente, en nuestra alma.
Una
primera clase de percepción extrasensorial es la telepatía.
Ésta requiere que sintonicemos con la mente de otra persona. Mientras
vivía en el Estado de Kentucky, Cayce pronunció una lectura para
un abogado neoyorquino.[1]
Lo vio fumar
un cigarro, le oyó silbar cierta melodía y asistió a su entrevista
con un cliente; luego, lo vio leer tres cartas y hablar por teléfono
con alguien cuyo nombre inclusive mencionó. Estos actos fueron
verificados más tarde. Gracias a sus facultades extrasensoriales,
Cayce describió todo lo que el hombre hacía en Nueva York. Otro
ejemplo de telepatía es cuando pensamos repentinamente en un amigo
de quien no tenemos noticias desde hace mucho tiempo, y él se
manifiesta en breve.
Una
segunda clase de percepción extrasensorial es la clarividencia,
definida como la aptitud de acceder a un conocimiento que nadie
posee. Así, podemos tomar unos naipes, barajarlos y probar a nombrarlos
o, por lo menos, a determinar su color. Para que mostremos facultades
de clarividencia, el número de respuestas correctas debe ser mayor
que el dado por el cálculo de probabilidades. El resultado no
tiene que ser cien por cien exacto, sino superar de manera significativa
y consistente la esperanza matemática. En cambio, si pedimos a
alguien que mire cada carta y se concentre en ella antes de que
adivinemos lo que es, se trata de telepatía.
A
fin de ilustrar la diferencia entre telepatía y clarividencia,
consideremos una lectura realizada en Virginia Beach para un muchacho
de doce años hospitalizado en el Estado de Ohio.[2]
Cayce mencionó que el niño tenía fiebre e indicó su temperatura.
Un médico confirmó ulteriormente esta información. Según la hora
en que se tomó la temperatura del niño, antes o después de la
lectura, Cayce dio muestras de telepatía o de clarividencia. En
efecto, en el primer caso, había podido leer la mente de una persona,
doctor o enfermera, que conocía el dato.
Una
tercera clase de percepción extrasensorial es la precognición,
o sea la capacidad de ver los eventos con antelación, de hacer
predicciones o de emitir advertencias sobre el futuro. Un ejemplo
radica en las impresiones de "déjà-vu". Muchos experimentamos,
en algún momento, la sensación de haber vivido anteriormente lo
que estamos atravesando. Así, podemos entrar en un lugar desconocido
y percatarnos de que nos es muy familiar; o conversar con un amigo
y darnos cuenta de que sabemos de antemano lo que va a decir.
Las lecturas de Cayce explican que este fenómeno deriva a menudo
de que nuestros sueños nos dejan entrever los acontecimientos
venideros. Aunque hayamos olvidado aquellos sueños premonitorios,
revivimos ciertos episodios de los mismos en forma de sensaciones
de "déjà-vu". La
precognición es frecuente en la obra de Edgar Cayce. Un día, al
terminar una lectura para un muchachito que se moría en Nueva
York[3], Cayce dictó espontáneamente
otra, sobre los problemas de salud de una mujer del Estado de
Missouri quien había recurrido a él en varias ocasiones. Después
de haber enviado a dicha señora el texto de su lectura,[4]
Cayce recibió una carta, cuya fecha era posterior a la misma lectura,
en la cual la persona solicitaba de nuevo ayuda acerca de sus
dolencias. Cuando efectuaba lecturas para niños, Cayce revelaba
sus talentos ocultos, anticipaba su manera de ser o de actuar
como adultos y, a veces, indicaba decisiones que tomarían en su
vida privada o profesional. En 1929, Cayce presagió el fracaso
de la bolsa de valores de Nueva Yorkmás de seis meses antes de
que ocurriera.[5]
También anunció la declaración de la segunda guerra mundial; y
sabía que fallecería mientras sus hijos todavía estuvieran combatiendo
en el extranjero. Si
bien algunos han calificado a Cayce de "profeta", él nunca tuvo
esta pretensión. De hecho, se describió en una lectura como "un
servidor humilde, débil y sin mérito"[6]
Hizo muy pocas predicciones concernientes a los eventos mundiales,
esencialmente porque tales pronósticos se supeditan a innumerables
factores e influencias externas. Notemos que cuando un vidente
intenta discernir el futuro, su previsión se basa en los sucesos
actuales. Percibe lo que se producirá si la situación sigue en
la misma línea y si la gente se resiste a cambiar sus hábitos
o sus actitudes. Pero el ser humano puede, en cualquier momento,
emplear su libre albedrío para transformar su propia existencia.
Si suficientes personas se enmiendan, el curso de los acontecimientos
históricos se modifica y las predicciones se hacen menos válidas.
La Biblia relata cómo el profeta Jonás fue enviado a la corrupta
ciudad de Nínive a fin de anunciar su destrucción próxima y exhortarla
al arrepentimiento. Los habitantes creyeron en la advertencia
de Jonás y abandonaron su mala conducta, por lo cual Dios los
salvó.[7]
En consecuencia, el
resultado de las profecías y la información obtenida mediante
la precognición dependen de muchos más elementos que la telepatía
y la clarividencia.
Una
cuarta clase de percepción extrasensorial es la retrocognición,
o facultad de ver los eventos pasados. Cuando Cayce realizaba
una "lectura de vida", se le especificaban generalmente la fecha
y el lugar de nacimiento del interesado. Comenzaba por retroceder
en el tiempo hasta el nacimiento de la persona, enumerando, a
veces, algunos hechos importantes de su presente encarnación.
Por ejemplo, en una lectura dictada en 1938, comentó: "1936, año
agitado; de 1935 a 1932, período de disturbios; de 1931 a 1926,
poca paz [...]".[8] En otra ocasión,
Cayce recibió datos incorrectos acerca de una joven de dieciocho
años de edad. Al remontarse a su nacimiento, exclamó: "¡Ella no
figura aquí!" Después de una corta pausa, agregó: "Ahora sí, la
hemos ubicado; parece que hubo una equivocación en cuanto a la
fecha y al lugar indicados." Se verificó posteriormente que la
persona había nacido el 23 de enero de 1919 en Nueva York y no
el 24 en la ciudad de Cleveland, Ohio, tal como se le había comunicado
a Cayce.[9]
Más de once años antes del descubrimiento, en 1947, de los manuscritos del mar Muerto, las lecturas mencionaron a una secta judía que los eruditos conocían muy poco en aquel entonces: los Esenios. Cayce dio amplios detalles sobre su manera de vivir y de trabajar. Entre otras cosas, señaló que tanto los hombres como las mujeres eran admitidos en su comunidad. Esto iba en contra de las convicciones de los expertos, quienes creían que los Esenios formaban una orden monástica compuesta únicamente de hombres. No obstante, excavaciones arqueológicas efectuadas en Qumran, cerca del sitio donde se habían encontrado los manuscritos del mar Muerto, evidenciaron en 1951, seis años después de la muerte de Cayce, que hombres y mujeres integraban la sociedad esenia.
Acaban
de citarse algunos casos de percepción extrasensorial que aparecen
en las lecturas de Edgar Cayce. Éstas enuncian que las facultades
psíquicas constituyen cualidades del alma; luego son inherentes
a la naturaleza humana y existen en cada persona. Ya que "lo psíquico
proviene del alma"[10], podemos, con bastante facilidad, tener
experiencias paranormales recurriendo a diversos métodos o a estímulos
externos. Sin embargo, las lecturas advierten que las experiencias
que no se apoyan en un ideal elevado son frecuentemente engañosas
o peligrosas. Asimismo, recalcan que el desarrollo de nuestras
aptitudes extrasensoriales no debe ser una finalidad, sino un
medio de crecer en espíritu, de conocernos mejor a nosotros mismos
y de ayudar al prójimo.
Mucha gente juzga los fenómenos psíquicos extraños, insólitos, incluso temibles. Según las lecturas, son muy naturales, a menudo tan sencillos como una inspiración o un presentimiento. Además, no se precisa que la información 'psíquica' sea totalmente exacta. Atribuyéndole el mismo crédito que a nuestros buenos amigos o a nuestros sentidos corporales, podemos utilizarla para adquirir nuevas nociones, ampliar nuestro entendimiento y tomar decisiones.
Conscientes de su valor, aceptemos nuestro sexto sentido, la intuición. Considerémosla un atributo normal de nuestro ser y logremos que se convierta en un fiel aliado en la vida, en una inestimable herramienta al servicio del bien.Conscientes de su valor, aceptemos nuestro sexto sentido, la intuición. Considerémosla un atributo normal de nuestro ser y logremos que se convierta en un fiel aliado en la vida, en una inestimable herramienta al servicio del bien.
1. Lectura
740-1
2. Lectura 2826-1
3. Lectura 4599-1
4. Lectura 5700-6
5. Lectura 900-425
6. Lectura 254-76
7. Véase Jonás 3
8. Lectura 1650-1
9. Lectura 1462-1
10. Lecturas 261-15, 294-185